"La investigación honesta es absolutamente imposible en el ámbito de cualquier iglesia, ... si uno cree que la iglesia está en lo correcto no investiga, y si cree que está errada, la iglesia lo investiga a uno"
Robert Ingersoll, Individuality, 1873

El Hombre siempre ha sentido atracción por la curiosa idea de atribuirle todo tipo de responsabilidades a los dioses.
Esto era independiente de la versión divina elegida. Ya sea unitaria, doble, triple o de a miles, desde el mismo momento en que racionalizó el miedo y se entendió solo frente a un universo complejo y peligroso, prefirió inventar entidades místicas a asumir su existencia perecedera.
Todas las culturas se aprovecharon de estos trazos de esquizofrenia colectiva (que fueron y siguen siendo bastante útiles a los intereses eclesiásticos), para crecer parados sobre el terror que generaba la idea de un dios omnipresente, cruel y vengativo. Sin embargo algunas de estas civilizaciones exitosas no necesitaron establecer tamaños niveles de dependencia teológica y se contentaron con darle a sus deidades funciones semejantes a las que hoy les asignamos a… por ejemplo… los meteorólogos.
Estas culturas sobrevivieron perfectamente varios miles de años, sin más.
Nuestra sociedad industrial nació y se desarrolló sobre las bases de una de las mitologías más crueles, absurdas y contradictorias a las que el hombre echo mano para justificar su evidente falta de intensión de “hacerse cargo” o en todo caso de su “autista” deseo de que “se haga cargo el otro”. Me refiero a la mitología judeo-critiana.
Al igual que en tantas otras, en nombre de esta verdadera patología de la inteligencia humana, se cometieron masacres, vejaciones, censuras, crímenes que aún hoy después de más de 2000 años desde aquel fantástico cuento de “me embarazó un áurea”, seguimos pagando todos.
La única diferencia de esta teología con las anteriores, (y es justo que lo digamos), es que a ésta la sufrimos Nosotros. Nosotros para quienes dios es apenas un monosílabo de cierto éxito en el último millón de años. Nosotros que creemos en la 2º Ley de la Termodinámica en tanto no aparezca alguien que la de por tierra. Nosotros que en el Siglo XXI vemos lo poco que han hecho los dioses por nuestras vidas y que, en definitiva, lo hemos hecho todo, inclusive darle entidad a los mismísimos dioses.
Nosotros asumimos nuestras responsabilidades. Incluso aquellas que tienen el mal tino de terminar con nosotros. Nosotros cumplimos con el compromiso de dejar la casa mejor que como nos la dejaron. Nosotros soñamos la inmortalidad, no como un premio a futuro por portarnos según cánones circunstanciales, sino como el derecho ganado por haber dejado algo valioso para los otros. Nosotros hacemos. Y si dicha acción genera diálogo, dialogamos. Y si por el contrario atrae el debate, debatimos. Pero siempre fundamentamos y en ausencia absoluta de patéticas “máquinas de humo súper poderosas”.
Por otro lado (…ya que insiste), fundamentar la inexistencia de dioses es mucho más fácil que presuponer su omnipresencia, solo hay que evitar frases ridículas como: “los caminos del señor son misteriosos”, o “dios solo habla en silencio” o cualquiera de esas barbaridades que reducen el librepensamiento a una celda obtusa.
Bastaría para esto, citar los “dragones en el Placard” de Carl Sagan o la categórica certeza de Robert G. Ingersoll.
Quizás hacer notar aquí las incoherencias bíblicas no sería tan mala idea, (muchos religiosos y conquistadores se encargaron en su momento de evidenciar las de los Mayas, Aztecas, Incas, Griegos, Egipcios, Hindúes, etc.). Pero en el terreno de exponer inconsistencias bíblicas, Mat Groening nos trae la delantera y por eso lo admiramos tanto.
Sin embargo, preferimos la simpleza de Bertrand Russell y su enorme “piedra”, factura de un dios que ni siquiera puede con ella.
Pero no; hoy probaremos otro camino.
No estamos atacando al creyente. Él no es el problema. Adoptamos y compartimos las palabras de Tanzin Gyatza: -“Tanto el creyente como el no creyente son humanos. Debemos tenernos un gran respeto mutuo.”- El problema son quienes sacan un rédito de quienes necesitan creer, intentando a toda costa de vivir del estado o de nosotros mismos.
Para demostrar la inexistencia de dioses, les proponemos poner en marcha todos aquellos aspectos que los hombres de la religión han dejado para más tarde. Hoy distinguiremos: el Libre Pensamiento, la Igualdad entre los Hombres, la Ética, el Medio Ambiente, la Música, el Arte, las Ciencias y por supuesto el Karatedo y el Kobudo, como un camino posible a la eternidad, sea lo que fuere eso signifique.
Como podrá observar usted mismo en estas páginas, dios no hace nada. Todo lo hacemos Nosotros. Con trabajo y pasión.
Deje sus deidades para el ámbito de su casa. No golpee mi puerta con figurines del “Atalaya” ni sature mis medianoches con la rentable “Bossa Nova Cristiana”, no se cuele en los actos públicos con su sudorosa sotana negra y su sospechosa actitud de acariciador de niños. Pero mucho menos escriba a mi correo para mostrarse ofendido porque yo no estoy dispuesto a andar por la vida lamiendo sirios.
Así que no insista. Todos esos atributos que usted no encuentra en si mismo, no los guarda ningún dios. Entonces busque mejor o acepte su incompetencia, después de todo, todos tenemos derecho a fallar en algo.
Mientras tanto creo que va a tener que aprender a tolerar a los que hacemos investigación científica libres de la carga de tener que sostener a algo tan estúpidamente pesado como un ser omnipotente que nos sugiere indirectamente que está bien y que está mal, pero al mismo tiempo es incapaz de ponerse de acuerdo en si debe amarnos o matar a todos los filisteos y a aquellos que no le rindan pleitesía.
Por qué me atrevo a decirle esto? Pues porque esa entidad que algunos llaman dios: NO EXISTE.
Y en vista que no he sido fulminado por un rayo que surge de la nada, ni el mundo se incineró al detenerse para sacudir a los pecadores e impíos, puedo decir que mi hipótesis ha quedado demostrada.
Lic. Pablo Eduardo Scurzi
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